|
RECUERDOS.
Antaño... y
los Olmos.
Recuerdo
el olmo que había a la izquierda del camino que baja hacia el
barranco. Una vez, los muchachos se encaramaron a él y desde
arriba gritaron a los rezagados que todavía no habían llegado:
-
¡Estamos en el olmo del tio Periquín!.
Con
tan mala suerte que el aludido acertó a pasar precisamente por
debajo, cuando volvía para casa. Como no le hizo maldita la
gracia oírse mencionar por el apodo, se sentó tranquilamente a
esperar que cayeran como peras maduras.
-
Ya os daré yo cuando bajéis.
Naturalmente,
no hizo falta darles nada, porque antes se cansó él. Lo cierto
es que a todos se les hizo de noche y hasta que el uno no se
levantó y se fue, los otros no bajaron, y aún así dieron la
vuelta al pueblo por no pasar por su casa, no fuera que los
estuviera aguardando con el garrote tras la puerta del corral.
No
es que el olmo tuviera dueño; en justicia habrían tenido que
decir "el olmo de Julián", pues creo que fue él
quien lo plantó.
Será
que mi recuerdo es fresco, porque todavía veo allí el olmo; he
pasado muchas veces por delante, y como el entorno ha cambiado
tanto, no consigo situarlo en un lecho que ahora sería de
cemento. Tal vez fue una suerte que tuviera que sucumbir
heroicamente bajo la pala del constructor, pues de no haber sido
así, con toda seguridad que hoy también habría desaparecido,
con el agravante de que así no tendríamos a quien culpar,
debido a la plaga que en unos años tan solo, acabó con la vida
de esos gigantes verdes que antaño escoltaban la mitad de las
carreteras de España.
A
los olmos de la plaza, en cualquier caso, no les dio tiempo de
enfermar, creo que ni siquiera de envejecer, también ellos
dieron hasta la última gota de su savia en pro de la renovación,
o porque los entendidos decían que eso... o morir. Tampoco era
tan grave la cosa; los olmos son cosa de pueblo, y si hay que
derribarlos, pues se derriban. Y así fue, ¿quien los iba a
defender antes, y a echarlos de menos después?
Desaparecieron
los cinco o seis que guardaban la plaza del ardiente sol del
verano, y al invierno, si nevaba, era por encima de ellos,
porque la nieve hasta parece que tardaba más en caer al suelo,
que aún era de tierra.
¿
Quien recuerda ahora la imagen de la antigua plaza?
De
forma más bien rectangular, con las escuelas y la casa del cura
en sus extremos cortos opuestos, y en los largos, en uno, el
regajo, que solo llegó a río en dos o tres ocasiones, para
mal, atravesado por el puente, que sirve de entrada a la plaza
para los que entran al pueblo por el barrio de abajo. En el
otro, al lado de la del cura, la casa más antigua del lugar según
el abuelo, un par de casas más, el Ayuntamiento, y la cuesta
que sube, tuerce y acaba ya en el barrio de arriba. Algo más
falta en la plaza: la fuente de cuatro caños, y de la que ya,
ni memoria queda, se fue acompañando a los olmos. En su lugar
emergió un moderno surtidor, del que no se había visto igual
en los contornos. Hace tiempo que su alegre chorro cantarín
enmudeció; se fué volviendo viejo y triste, hasta que ya no
tuvo valor ni fuerza suficiente para subir a donde antes llegaba
sin esfuerzo alguno.
La casa del cura sigue en pie, pero ya no alberga clérigos,
ni caseras; con suerte, recibe en cálidos meses, fiestas y
vacaciones en que aún se llena de risas jóvenes y jarana, algo
que quizá esos muros ya ni recordaban, pues pocos la habrían
visitado en un largo espacio de tiempo. Recuerdo cuando íbamos
a dar clase de Catecismo, los chicos (sobre todo las chicas) que
habían de tomar la Comunión cada año.
La
primera casa del pueblo, otro agujero en el olvido. Tenía un
gran arco de piedra por entrada, que pocos recuerdan porque cada
vez quedan menos que puedan hacerla. Los que ahora lo
frecuentan, ya solo conocen el frontón que ocupa ese sitio y el
de otra casa, como si siempre hubiera estado allí.
En
la planta baja del Ayuntamiento se construyeron garajes
separados para el secretario y el médico, porque los de
entonces "no se trataban". El uno murió al poco
tiempo, y el otro hace unos años. El sitio estuvo antes ocupado
por el horno, que se encendía semanalmente para que las amas de
casa cocieran el pan que había de consumirse en cada familia; y
también las magdalenas, tortas finas y mantecados, cuando
llegaban las fiestas, comuniones y bautizos ¡que los había!.
Qué
decir de las escuelas, llenas entonces de chicos y chicas,
respectivamente, que entonces íbamos separados. Quien haya
conocido el pueblo en los últimos 15 o 20 años, es difícil
que pueda creer que en nuestros días había dos escuelas
rebosantes de vida, de sangre joven, y que las calles invadidas,
constituían todas, campo permanente de bullas y juegos; juegos
que por otra parte también hemos dejado morir, y que por cierto
merecen un capítulo aparte. Actualmente, como sabéis son las
sedes o "peñas" donde se desarrollan parte de las
actividades de las fiestas, que ahora se celebran durante el mes
de agosto.
|