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BRUJOLANDIA
Un cuento
serrano
Me piden mis paisanos que escriba algo para el programa de fiestas de mi
pueblo y no sé negarme.
Se me ocurre escribir sobre algo de brujas, que dicen que por allí
ocurría, en los tiempos de Maricastaña, y que como consecuencia de
ello todavía llevamos arrastras las cadenas.
Brujolandia llamaban a cierta zona de la Sierra de Albarracín, y allí
vivía Corrupia, que fue bruja desde bien muchacha.
La cosa se sabía bien en Jabaloyas, centro neurálgico del ocultismo,
donde a menudo acudían las brujas de Valdecuenca, Saldón y Bezas.
Jabaloyas, importante lugar fronterizo. Singular torre castillo,
imponente iglesia, muy frecuentada, pero jamás profanada por aquellas
sílfides serranas. Tenía también la casa de brujas, llamada así mas
por sospechas y agüelorias que por actividad real del paladín que la
habitaba.
En la cima del Cerro Jabalón tenían su Santuario estas recatadas
ninfas de los aires serranos, pero pocas veces subían, tenían malas vías
de comunicación y rudimentarios medios de transporte, ahora llaman
infraestructuras, pero alguna vez subían, a hacer sus exculpaciones y
lavatorios si se sentían aturdidas y humilladas por los frecuentes
infortunios, desatenciones y hasta males de ojo. y allá arriba, las
brujas de Brujolandia se consolaban y hacían caprichosos sortilegios,
por si acaso.
Corrupia, llamada cariñosamente Zurrupia, gozquetilla y traviesa, tenía
su propia escoba, vieja y desgreñada, que tanto le servía para recoger
los esturruciaus que hacía, como de iniciación en las artes de la
campaña brujeril, cuando subían al Cerro Jabalón, y siempre bajaba
descalabrada.
Cuando Corrupia dejó los sayalejos de su larga infancia, se apañó
con un brujo cojo del Campillo, sastre remendón, algo soñador,
vendedor de piñas y de escobas en los ratos libres, al que conoció en
unas fiestas de Bezas, en un modesto aquelarre, peña que celebraron en
un viejo pajar del caloncho.
A Brujolandia llegaron tiempos de bonanza, y crecieron y se
multiplicaron, igual que las ancas de rana cuando los esponsales de
Corrupia, que se celebraron en el inmenso valle de la laguna de Bezas,
cuando al agotarse las existencias de la laguna por la gran afluencia de
brujas, fue preciso invocar la ayuda del todopoderoso brujo, mago y milagrero
de la corte superior central, a quien, por cierto, apodaban cariñosamente
el Pachón, tal era su cara de bondad, que se desplazó a la laguna de
Bezas, en velocísima escoba bicéfala, con cambio de humos, aires y
marcha atrás automática,
A Corrupia le encantaba disfrutar de la pujanza de Brujolandia y acudía
a las fiestas y aquelarres, siempre en compañía del sastre del
Campillo con sus escobas y piñas a cuestas, con sus dedales y sus
agujas, presto siempre a echar un zurcido en cualquier roto.
Salían aquellas brujas del Cerro Jabalón, en un salto a San Ginés y
en otro a las frescas cumbres del Jabalambre, donde retozaban; ya la Peña
Palomera, y por las Sierras de Cucalón al Moncayo, punto de reunión
para descender en nube y estruendo de risas y alegría a Trasmoz, gran
templo de los rituales.
Grandes emociones y gozos, contemplar desde el aire tan ricos valles y
montes donde bullía la vida apegada a la tierra, de los que no podían
volar; territorio inmenso mantenido con la ilusión, cruzado solo por
trochas y caminos de mala muerte.
¡
Qué
distinto, pensaba Corrupia en su renqueante escoba, con las de
Roncesvalles, del Levante, de Finisterre, con sus escobas de último
modelo, con sus vías galácticas marcadas...!
Claro, poco esperaban de los miopes y escobicortos brujos del incipiente
Reino de Aragón, siempre igual, a la sopa boba, y para ellas, escobas
de segunda mano, cansadas de transportar a otras brujas casquivanas y
hasta en porretas. y el caso es que a Brujolandia no le salía barato,
pues tenían que pagar una considerable cantidad de colas de regatesna,
cabezas de ardacho y ancas de sapo monterón, que el poder central pedía.
Pero que si quieres arroz Catalina, y más de una vez Corrupia tuvo que
llevar al sastre del Campillo a carramanchones de vuelta a casa.
Contaban
de aquellas pobres brujas, pero no se sabe de cierto, que en uno de sus
aquelarres de negocios y tratos habidos con el brujo jefe central de
medios de comunicación, vías y escobas, trochas y veredas, al que a
punto estuvieran de recibir a escobazos; obsequiado generosamente que
fue, tras las copiosas libaciones del licor que tanto le gustaba, eruptó
varias veces y en distintas tonalidades; y al terminar la fiesta a la
que fue invitado, desapareció veloz impelido por la reacción de un
gordísimo pedo.
Existe el país de Brujolandia. Pero sus hacendosas y maltrechas brujas
andan descarriadas por ahí como rebaño sin pastor. y debe ser cierto.
y será difícil atraerlas al redil. No se puede con estos artilugios,
Julián
Sánchez Villalba.
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